Es la primera jugada inteligente del Estado para frenar el proceso soberanista catalán desde la manifestación mayoritaria del Onze de Setembre del 2012, la Diada que cambió la agenda política e hizo emerger una nueva mayoría social partidaria de una Catalunya independiente. Pero eso no significa –hay que tener en cuenta la complejidad de todo el cuadro español- que la abdicación de Juan Carlos I se haga únicamente mirando a Catalunya. Existen varios factores que dibujan una crisis profunda del sistema surgido después de la muerte del general Franco, entre los cuales el desafío catalán pesa mucho pero está inscrito dentro de una descomposición general de los equilibrios de poder forjados durante la transición. La crisis de los grandes partidos, el desprestigio del poder judicial, la corrupción estructural, los vínculos viciados entre banca, política y sectores regulados o la misma pérdida de popularidad de la familia real han encendido la alarma de los entornos más dinámicos de las élites económicas. Había que mover pieza con cierta audacia y por eso era imprescindible empezar por el jefe del Estado, un símbolo que tiene que ser reflotado.

Un cambio generacional y de caras no es nada por si solo pero es condición necesaria para abordar una operación más ambiciosa que alcance varios objetivos a la vez, tres principalmente: que parezca que España tiene un proyecto, que parezca que la monarquía reconecta con una mayoría, y que parezca que el corazón del Estado hace baldeo general y se convierte en un ejemplo moral después de una etapa repleta de sombras. Ni el PP ni el PSOE tienen hoy un proyecto estimulante que pueda compensar del malestar en la sociedad española y que pueda competir contra el proyecto soberanista en Catalunya. Felipe VI será el vendedor de esta España ideal que su padre ya no podía representar. Estamos ante una estrategia bien planificada. El heredero de la Corona española hizo diez visitas oficiales a Catalunya durante el año pasado y este año ya lleva más de media docena. Felipe VI hará política como la hizo Juan Carlos I, siempre y en todo momento, no sólo cuando comentó las últimas aspiraciones catalanas. Es lo que le pide la fracción más abierta y más imaginativa del Ibex 35. Para entender exactamente la tarea que le encargan al nuevo monarca basta con leer un fragmento del artículo que ayer publicaba el director de El País, Antonio Caño: “Su problema será el de responder a las expectativas, devolverle a esta nación la ilusión que la crisis económica y las disfunciones de las principales instituciones han destruido”. La nación española necesita ilusión y Felipe VI debe fabricarla y venderla a la gente. Una ilusión contra el secesionismo catalán, contra los nuevos partidos que rompen viejos consensos, contra el populismo de unos y la tentación reaccionaria de otros, contra la fatiga de un régimen que se edificó bajo la vigilancia de unos militares que se sentían propietarios del huerto. ¿En qué consistirá esta ilusión? No tardaremos en verlo.

Las élites y los poderes del Estado han hecho caso, esta vez, del aforismo de Joan Fuster: “Cal no oblidar que tota política que no fem nosaltres serà feta contra nosaltres”. Por eso se han puesto manos a la obra y harán la tarea lo más rápidamente posible. ¿Llega demasiado tarde la abdicación? A la vista de las manifestaciones republicanas en varias ciudades españolas, podría pensarse que sí. No tengo bastante información para ser concluyente en este sentido, pero no debemos despreciar el peso de una España conservadora que, más allá o más acá de la salud del PP, está muy lejos de los valores laicos y rupturistas que puede encarnar una reedición del republicanismo hispánico, españolista y unitarista en muchos casos, raramente federalista. Los fantasmas de la guerra civil no se han extinguido en muchas provincias del Reino, aunque en Madrid y en determinadas capitales exista una opinión –principalmente joven y muy activa- situada a la izquierda de la izquierda oficial.

En Catalunya, la abdicación llega muy tarde y sus impulsores lo saben. Pero también saben que el soberanismo tiene unas debilidades de origen que pueden explotarse si se saben pulsar ciertos resortes. En este sentido, los rumores sobre el papel de Felipe VI como facilitador de una hipotética tercera vía merecen ser apuntados, y más cuando la salida de escena de Rubalcaba puede facilitar que el PSOE coloque a algún líder que se avenga a explorar lo que en Madrid denominan “la componenda”, un extremo que también exigiría un cambio de actitud por parte del PP. A la hora de hacer previsiones, conviene no desestimar, de paso, la gran coalición entre populares y socialistas, sobre todo si ésta tuviera la bendición de un monarca joven que cogiera la bandera de la regeneración y la unidad de los españoles. La supuesta tercera vía, que nadie ha puesto todavía sobre la mesa, podría acelerar las discrepancias entre Unió y CDC, y podría también abrir una pugna aguda entre los dirigentes de la vieja y de la nueva Convergència, con efectos imprevistos en las bases convergentes más identificadas con la independencia y en el conjunto del movimiento soberanista. Hay que comparar la declaración oficial que el presidente Mas hizo ayer reafirmando la continuidad del proceso con las palabras de Miquel Roca sobre el nuevo rey español.

La primera prueba de fuego de CiU ante este movimiento del Estado será la tramitación urgente de la ley orgánica que debe regular el procedimiento para la sucesión a la Corona española. En el mundo anterior a la sentencia del TC sobre el Estatut, CiU habría aplicado sin pensarlo la plantilla de la responsabilidad en un asunto de los llamados “de Estado”. En el mundo presente, el del proceso de transición nacional y el derecho a decidir, ¿pueden los diputados que dirige Duran Lleida votar, como si nada, una ley orgánica sobre el jefe de un Estado que no permite preguntar a los catalanes qué quieren ser? Es indudable que la llegada al trono de Felipe VI puede generar turbulencias en el espacio de CiU, que tiene, además, como principal socio de Govern un partido que luce la condición republicana en su adn y que está ganando terreno electoral. Una eventual abstención de CiU a esta nueva ley orgánica de sucesión sería menos extraña que un voto favorable de la federación, escenificado como si las cosas de Madrid y las de Catalunya fueran de planetas diferentes. ¿Cómo lo explicaría el presidente Mas a los partidarios de la consulta, empezando por los militantes de su partido?

Por otra parte, el debate sobre monarquía o república que ahora cobra fuerza en la opinión pública española puede desdibujar y tapar el debate soberanista catalán y, por lo tanto, puede contribuir a cambiar o desenfocar el marco de interpretación dominante, que es favorable al bloque por el derecho a decidir. En este sentido, cuesta entender el entusiasmo de ERC y de la CUP a la hora de llamar a la gente a manifestarse ayer en las plazas para rechazar la continuidad de la monarquía borbónica. Aunque entiendo el argumento táctico de los que defienden que las banderas independentistas debían  tener ayer más protagonismo en las ciudades catalanas que las banderas tricolor, no me parece menor el peligro de subordinación del proceso catalán a una oleada persistente de exigencia de un referéndum español sobre la forma de Estado. Desde el 2012, se ha demostrado que las demandas del soberanismo tienen una dinámica propia; blindar esta lógica y reducir las interferencias parece que debería ser una opción de todas las formaciones comprometidas con la pregunta y la fecha de la consulta catalana.

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5 Responses to La abdicación pone a prueba la fortaleza y la unidad del soberanismo

  1. Xavi Miserachs Nadal dice:

    Molt bon article, com sempre. Us hauria d’enviar un correu si us plau, podríeu fer-me’n arribar un. Moltes.gràcies.

  2. Àlex Broch dice:

    Felicitats per l’ anàlisi, Marc. Àlex Broch.

  3. Guillem dice:

    Jo tampoc entenc que els mès partidaris de l´independencia vagin i es manifestin a favor de la República. Penso que el mès encertat es l´indiferencia i seguir el nostre camí.

  4. Ramon Formiga i Pujol dice:

    Benvinguda sigui la renovació de la gerontocràcia espanyola. Malgrat tot no crec que les elits madrilenyes permetin cedir ni un mil·límetre de poder a una perifèria incomoda i competitivament mes forta que ells. Aquest procés es, en part, una baralla per l’hegemonia de dues ciutats. No poden sofrir que Barcelona els faci ombra. Ells volen ser Londres…
    En relació al príncep Felip VI, personalment no tindria cap inconvenient que sigues el meu cap d’estat, sempre i quant Catalunya fos independent !!!. Un monarca – 2 països. Ho prefereixo abans que una república votada per partits majoritaris que podrien imposar candidats del tot inacceptables. ¿Qui seria avui el president d’una hipotètica República Espanyola, amb el corro del PP, el Sr. AZNAR ??. Encara més, per els que tinguin memòria o hagin llegit una mica, ¿com es va comportar la República a casa nostra?, fent anar a la “quinta del biberó” al front per poder arribar ells a França…
    O també França, amb el president Mitterrand, tèrbol entre els tèrbols, o amb el lladre Jacques Chirac. Tampoc Itàlia se salva.
    Encara que hem de perseguir els ideals, la República es això un ideal i els Presidents son això humans….
    Per a mi l’únic objectiu, es la INDEPENDENCIA, com una única sortida viable a un estat que no accepta les minories. No estem ni políticament ni socialment representats i solament ens volen de comparsa i colonitzats per poder continuar-nos xuclant econòmica i moralment.

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