El proceso participativo del 9N ha sido la bisagra entre el primer rollo y el segundo rollo de la película denominada transición nacional, y también ha sido el cambio de rasante entre la etapa de las movilizaciones cívicas y la nueva etapa del desafío abierto con el Estado español, que combina la desobediencia organizada de la ciudadanía y la actuación no subordinada de las autoridades catalanas, con Artur Mas al frente, que han hecho lo que debían y no han escuchado las muchas amenazas del Madrid oficial.

El 9N ha sido la última prueba de esfuerzo del soberanismo pero, a diferencia de las consultas populares que empezaron en Arenys de Munt, esta vez el Govern de Catalunya ha sido un actor determinante al lado de las entidades, los partidos y los voluntarios. Por primera vez desde la recuperación de la democracia, la nación catalana sólo ha obedecido lo que surge de sí misma. Soberanía en construcción, soberanía que se despliega desde abajo con casi todo en contra. El éxito de participación de la consulta del domingo nos muestra una sociedad capaz de ser a la vez insumisa y de orden. Un caso único en Europa y quizás en el mundo. Soberanía del siglo XXI contra soberanía del siglo XIX.

Vale la pena remarcar el cambio de escala que representa en el conflicto Catalunya-España el hecho de que, esta vez, el Gobierno de la autonomía catalana (que todavía es Estado español a todos los efectos y sobre el papel) haya plantado cara al Gabinete presidido por Rajoy, para dar apoyo y cobertura oficial y política de primer nivel a un ejercicio que ha sido mucho más que una encuesta a gran escala aunque no hablamos de un referéndum con pelos y señales. Desde la perspectiva española, el 9N representa un choque entre el Estado y el Estado, algo sin precedentes desde 1978. Hay que lamentar que algunos sectores soberanistas -movidos por una pureza mal entendida o por un sectarismo miope- se hayan dedicado a descalificar el nuevo 9N hasta pocas horas antes de las votaciones, con una falta de respeto grave por los que se han volcado en esta empresa, empezando por los millares de voluntarios que han hecho posible su realización. También cuesta de entender que analistas que conocen perfectamente las claves de la política catalana, como es el caso de Toni Soler, se hayan empeñado en quitar importancia a una cita colectiva que se ha demostrado muy lejos de cualquier “parodia”. Muchos diarios extranjeros han hablado de “referéndum simbólico”, una definición que resume bien los límites legales del 9N sin obviar su enorme alcance político.

El éxito del 9N debe repartirse entre tres actores principales: la ciudadanía (concretada en la figura del voluntario y la del votante anónimo que da sentido al proceso participativo), las entidades soberanistas que tiran del carro (la ANC y Òmnium) y el Govern de Catalunya, que ha hecho su papel con una combinación eficiente de audacia y prudencia, jugando a crear cierta confusión ante el Madrid oficial, para eludir o retrasar las represalias; esta premeditada vaguedad en las palabras y gestos del Govern durante -sobre todo- la última semana antes del 9N ha sido asumida con normalidad por la mayoría social que quería votar. Paradójicamente, esta táctica para distraer al Ejecutivo Rajoy y la Fiscalía ha recibido críticas de algunos ámbitos catalanes proclives a desconfiar por sistema de Mas y sus consellers. Por ejemplo, algunos que se dedican a dar lecciones de periodismo supuestamente crítico son tan perspicaces que todavía no se han dado cuenta de que las autoridades catalanas han mantenido silencios y han alimentado mensajes contradictorios justamente para crear desconcierto en los rígidos ejecutores de la máquina legalista del Estado español. La cara de la vicepresidenta Sáenz de Santamaría el viernes antes de la consulta indicaba que esta manera de hacer ha sido bastante eficaz.

La alianza entre voluntad popular, organización civil y recursos del Govern ha hecho posible un desafío único contra el Estado español. Eso refuerza el papel de la ANC y de Òmnium y también la figura del president Mas, que consigue tener una valoración muy por encima de la de CiU y de Convergència, lo cual no asegura -sin embargo- que el líder de la federación pueda compensar con su actuación el ciclo declinante de su organización, que tiene causas profundas y variadas. Las expectativas altas de crecimiento electoral siguen siendo cosa de ERC, marca independentista desde 1989. Ahora bien, dicho esto, no se puede negar que la determinación personal de Mas desde la presidencia de la Generalitat –incluido su coraje a la hora de asumir las máximas responsabilidades- es un activo potente para el proceso y sería un error despreciarlo, como también sería una equivocación grave que la dirección convergente quisiera patrimonializar el hito que representa el 9N; los estrategas del president deben tener muy en cuenta las lecciones amargas de las elecciones de 2012, cuando la oleada soberanista coincidió con una pérdida importante de escaños de CiU después de una campaña con muchos resbalones. Por su parte, la dirección republicana también podría equivocarse si coloca por delante de todo su sentimiento de agravio con Mas, por lo que el entorno de Junqueras califica de “traición” presidencial sobre la consulta, una interpretación extrema que no comparten otros actores políticos. Es difícil hacer política desde el enfado diario.

¿Cuál es el techo social y electoral del soberanismo? 1.861.000 papeletas del sí-sí nos muestran un grueso importante de ciudadanía que abraza el proyecto independentista, pero no sabemos si eso puede crecer mucho más cuando llegue el día en que las urnas ofrezcan una decisión vinculante. No sabemos si el soberanismo (con el concurso más o menos torpe del PP y del PSOE) podrá pescar mucho entre los indecisos y los dudosos, y entre los que el domingo –sin ser soberanistas- utilizaron las urnas de cartón para protestar contra el estilo y las políticas de los populares. Catalunya ha ganado la batalla del 9N, que es la de la foto de la democracia contemporánea. Pero no ha ganado la guerra. No se puede despreciar la capacidad de respuesta del Estado español –tengamos bien presentes las palabras del ministro de Justicia y lo que prepara la Fiscalía- ni tampoco las maniobras de ciertas élites, que se han dado cuenta de que la desconexión catalana es –como hemos repetido tantas veces- una lucha de clases posmoderna, que busca un reparto del poder más horizontal y más equitativo, en beneficio de las capas medias más castigadas por el neocaciquismo unitarista español.

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3 Responses to Catalunya ha ganado una batalla, no la guerra

  1. Francesc Magrinya dice:

    Em sembla insuficient i limitadora la lectura dels tres nivells: ciutadania, Omnium i ANC; i Govern. Aqui Mas s’ equivoca. Sense la col.laboracio dels partits politics ERC, CUP, Iniciativa i tambe CDC i UDC això no hagues estat possible. Mas ha tingut un rol clar. Pero que jo s’ equivoqui amb un exces de protagonisme. Primer perque trencara un equilibri inestable (dimissio Carme Forcadell; despenjament entorn Iniciativa del dret a decidir i altres). Segon: tornara a tenir un ensurt com a les darreres eleccions que va perdre 12 escons.
    En el fons flota en l’ambient dels partits que ignora Mas una por a que aquest caigui en la tentacio de la vella politica del peix al cove. Que els catalans a l’hora de la veritat ens dividim. Rajoy ha vist passar molts cadavers davant seu.

  2. Xavier dice:

    Un article molt encertat del que succeeix en aquests moments a Catalunya. El principal i gran problema, que és històric, el tenim els catalans: ens cal unitat en els objectius per sobre de les legítimes visions polítiques. Amb les coses de jugar no s’hi juga; i amb l’objectiu d’assolir la plena sobirania, tampoc. En aquest sentit, el paper del senyor Herrera crec que no ha estat a l’alçada del moment històric, malgrat l’esmena a corre-cuita.

  3. Jordi dice:

    Excel.lent article de F.Marc Álvaro. Només puc afegir que si tots fóssim patriotes per una vegada, hauríem de donar el lideratge del procés al President Mas i donar-li carta blanca per fer l’estrategia a seguir.

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